HISTORIAS CRUZADAS HACIA LA SANACIÓN

MUJERES MAYAS KAQLA

Tres generaciones de mujeres mayas —Nicolasa, Jacinta y Lidia— enfrentaron violencia y trauma; en los procesos de Kaqla hallaron sanación integral, recuperando fuerza, memoria y esperanza colectiva.

Sanando generaciones

Doña Nicolasa Raymundo tiene actualmente 68 años. Nació en 1956, entre el frío y la niebla de la aldea Ak’ul de Nebaj, Quiché. Hermana mayor de cinco, creció entre ríos, árboles y animales, en una familia dedicada a la siembra. Durante los años ochenta, la época más dura del conflicto armado interno en Guatemala, especialmente en las comunidades mayas de Quiché, su vida cambió para siempre. Tuvo que huir y refugiarse en las montañas, viviendo siete años de persecución, hambre y miedo. Su familia se separó, perdió casa, tierras y animales. Durante esos años vivió momentos de llanto, soledad y vulneraciones profundas en su cuerpo. Su historia quedó suspendida en el silencio hasta que encontró un espacio seguro para hablar. Décadas después, en un proceso de sanación, pudo decir por primera vez: “Desde que el ejército me violó, mi cuerpo está dormido”.

En 1987, 31 años después, en San Pedro La Laguna, a orillas del lago más bello del mundo, nació doña Jacinta Quiacain. Quedó huérfana de madre a corta edad y su padre se refugió en el alcohol. A los 15 años, en 2002, migró a la ciudad capital para trabajar como empleada doméstica. En la casa de una familia de clase media alta fue obligada a dejar su traje tzutujil y vestir uniforme de servicio. Allí vivió uno de los episodios más dolorosos de su vida: el empleador intentó abusar sexualmente de ella hasta que lo logró. Huyó. Luego, a los 20 años, embarazada, regresó a su pueblo buscando apoyo para criar a su hija. Ejerció su maternidad soltera, con ayuda de algunas tías, pero sentía que “su cuerpo estaba vacío”.

Su hija Lidia creció acompañada de su madre y tías. Gracias al esfuerzo de Jacinta, accedió a la educación formal. Al llegar la pubertad, con la menstruación, comenzó a sufrir dolores fuertes y acudió a un centro de salud. Allí, el médico que la atendió intentó abusar de ella. No lo logró, pero dejó huellas profundas: miedo, insomnio y dependencia absoluta de su madre. Lidia no se separaba de Jacinta, su mamá, para ella su único lugar seguro.

En 2024, Mujeres Mayas Kaqla inició un proceso de sanación colectivo con diversas mujeres entre 16 y 75 años: algunas ya abuelas, otras madres y otras hijas. A este proceso llegaron doña Nicolasa, Jacinta y Lidia. Al inicio se trabajaron emociones como miedo, tristeza, dolor y odio. En el tercer taller, Nicolasa logró hablar clara y abiertamente de la violación sexual que había sufrido: “Desde que el ejército me violó, mi cuerpo está dormido”. Otras mujeres también compartieron lo vivido durante la guerra: hambre, persecución, bombardeos, aislamiento. El trauma del hambre se reactivó durante la pandemia y también en los bloqueos de carreteras de 2023, cuando el aislamiento les recordó el miedo de no tener acceso a alimentos. Poco a poco se profundizó hasta llegar al trauma de origen.

Jacinta compartió que, aunque no vivió conscientemente el conflicto armado interno, también fue víctima de violencia sexual, y su hija enfrentó un intento de abuso. Lidia participó en dos talleres, no continuó porque encontró empleo y después de estos talleres ya no necesitó la compañía constante de su madre: “Sentí que tenía la capacidad y fortaleza de estar sola y ya no tenía miedo”. Tres generaciones, tres historias cruzadas por la violencia sexual, pero también por la sanación. Doña Nicolasa, Jacinta y Lidia muestran que el dolor no se queda en una sola vida: se transmite, se hereda, pero también puede transformarse.

¡Cuántas mujeres han vivido lo mismo! Las que llegan a los procesos visibilizan y abren el camino para que los pueblos sigamos sanando la trama histórica de la violencia sexual. Kaqla apuesta por la sanación porque “al sanar no se olvida, pero al recordar el evento ya no se contactan las emociones que se experimentaron en el momento del trauma. Además de sanar las emociones que afectan, también se sanan creencias”.

Los procesos de sanación de Kaqla trabajan las cuatro dimensiones del ser humano: espiritual, emocional, física y mental. Así se logra una sanación integral, que no solo atiende las emociones actuales, sino que llega al origen del trauma. “Es necesario llegar al trauma de origen que está detrás de esas emociones”.

La sanación es energía; vibra y viaja. No se queda solo en ellas, se expande a sus familias, a las nuevas generaciones, al país y al planeta. Doña Nicolasa, Jacinta y Lidia son ejemplo de que el dolor puede transformarse en fuerza colectiva, y de que la memoria, cuando se sana, se convierte en semilla de vida digna para los pueblos.

PARA PROFUNDIZAR

Día Nacional  por la dignificación de las Víctimas del Conflicto Armado de Guatemala

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