LA DECISIÓN FUE MÍA, NO DEL MANDATO PATRIARCAL

GRUPO MULTIDISCIPLINARIO POR LOS DERECHOS SEXUALES Y REPRODUCTIVOS

La niña que una vez sintió miedo porque nadie le explicó qué era la menstruación, hoy es una mujer que crea espacios seguros para que otras puedan hablar.

La primera vez que vio su menstruación no entendió qué estaba pasando. En su casa casi no se hablaba de sexualidad. Nadie le explicó qué era aquel sangrado ni por qué ocurría. Cuando preguntó, tampoco encontró respuestas.

Había crecido en una comunidad rural de Jocotán, Chiquimula, a aproximadamente media hora de la cabecera municipal. Era la mayor de diez hermanas y hermanos. Su mamá era analfabeta y su papá estudiaba para convertirse en maestro mientras sostenía a la familia. Desde muy joven comprendió que, para muchas mujeres de su entorno, la vida parecía tener un destino ya escrito, quedarse en casa, cuidar a los hermanos, casarse y tener hijos.

Pero Ana decidió recorrer otro camino. Salió de su hogar cuando aún estudiaba el ciclo básico para continuar sus estudios y trabajar. La decisión despertó críticas. Muchos cuestionaban que una mujer dejara la comunidad para buscar independencia.

Aun así, siguió adelante.

Mientras estudiaba Magisterio recibió una invitación de Tierra Viva para participar en procesos de formación dirigidos a jóvenes. Aquellas charlas le permitieron conocer, por primera vez, sus derechos sexuales y reproductivos, y comprender aspectos de su cuerpo que nadie le había explicado.

“Ahí empezamos, empecé yo a conocer como esa parte más a profundidad de los derechos de las mujeres, de la sexualidad, a profundizar sobre la menstruación, sobre conocer mi cuerpo”.

Ese aprendizaje llegó mientras atravesaba una experiencia que la enfrentó con la realidad. Tras graduarse decidió irse a vivir con quien era su pareja. La convivencia duró apenas seis meses. “Realmente fue una relación muy violenta”.

Lo que escuchaba en los procesos de formación contrastaba con la violencia, el control y la presión que vivía cada día. Poco a poco reunió fuerzas hasta poner un límite. “Logré posicionarme y poner un alto”.

Tiempo después enfrentó un embarazo que no deseaba. Tenía alrededor de 19 años y ya sabía que no quería ser madre. Buscó apoyo en las mujeres que la acompañaban en los procesos de formación y tomó una decisión sobre su cuerpo y su futuro.

Su pareja no estuvo de acuerdo. Su familia tampoco.

Cuando contó lo ocurrido, el rechazo fue inmediato. Su abuelo se molestó y otros familiares consideraban que había terminado la relación que, según ellos, era la mejor para ella. “No me sentía culpable por la decisión, sino que me sentía triste, me sentía sola porque no tenía el apoyo de mi familia”.

Mientras enfrentaba ese momento, encontró respaldo en sus compañeras. “Ellas estuvieron siempre apoyándome con palabras de aliento, de motivación”.

Con el tiempo, la tensión familiar disminuyó, aunque las diferencias permanecieron. En su familia seguía presente la idea de que las mujeres debían casarse, tener hijos y soportar la violencia. “Si te casaste, te casaste, te aguantas”.

Ana decidió responder de otra manera. También decidió compartir con otras mujeres el conocimiento que había cambiado su vida, primero con sus hermanas, después con sus vecinas.

Hoy trabaja en Tierra Viva, organización donde inició años atrás como joven agente de cambio. Actualmente es lideresa comunitaria y facilitadora de procesos de sensibilización y formación en derechos sexuales y reproductivos. Su trabajo la ha llevado a acompañar a mujeres no solo en su comunidad, sino también en distintos municipios del departamento de Izabal.

El camino no ha estado libre de señalamientos. Durante años escuchó comentarios que la calificaban como “la rara”. Algunas personas aseguraban que influía para que las mujeres abandonaran a sus esposos. Otras cuestionaban que siguiera soltera y sin hijos.

“Yo no voy a tener hijos en esta vida”.

Para Ana, decidir no ejercer la maternidad biológica no representa una ausencia. Es una decisión construida a partir de información que durante años le fue negada.

Por eso sigue compartiéndola. En los talleres escucha historias parecidas a la suya. Mujeres que buscan orientación, que necesitan información segura y que, por primera vez, encuentran un espacio para hablar sin miedo. “Las compañeras rompen también el silencio y empiezan a preguntar”.

También conoce los obstáculos que enfrentan. Habla de las dificultades para acceder a métodos antifecundativos, de la falta de privacidad en los servicios de salud y de las barreras culturales que persisten en las comunidades rurales.

Pero también habla de pequeños cambios. De conversaciones que antes no existían. De mujeres que comienzan a reconocer que tienen derechos.

La niña que una vez sintió miedo porque nadie le explicó qué era la menstruación, hoy es una mujer que crea espacios seguros para que otras puedan hablar.

Y después de años de cuestionamientos y decisiones difíciles, hay una certeza que sostiene su historia: “Yo me siento muy en paz conmigo misma porque creo que fue lo mejor que decidí para mi vida porque es mi cuerpo y nadie más decide por mí”.

PARA PROFUNDIZAR

Grupo Multidisciplinario Gt 

Versión PDF

Compartir