CENTRO DE PROMOCIÓN Y CULTURA (CPC)
De mujer campesina y víctima de violencia a lideresa popular, la historia de María de Jesús Cárdenas revela cómo las organizaciones sociales transforman vidas y construyen paz desde los territorios.
María de Jesús nació en una familia campesina de Boyacá. Creció entre las montañas y los oficios del campo, en un hogar atravesado por el machismo y la sumisión. Allí aprendió las primeras lecciones que marcarían su vida: que las mujeres debían obedecer, cuidar y permanecer. Décadas después comprendería que esas eran precisamente las ideas que tenía que desaprender.
Hace cincuenta años llegó a Bogotá buscando una mejor calidad de vida. Terminó el bachillerato, empezó a trabajar y formó una familia. Tuvo una hija y, años después, dos hijos más. Pero sus relaciones de pareja estuvieron marcadas por la violencia.
La violencia no era solo un golpe. Era el control permanente de su vida. No podía salir sola ni asistir a reuniones familiares. Apenas iba al mercado y regresaba rápidamente a la casa. Cuando consiguió trabajo, su compañero fue hasta la empresa y logró que la despidieran. Necesitaba tenerla cerca, vigilada y dependiente.
También estaban las voces de otras mujeres: la madre, la abuela, las vecinas, que repetían una idea heredada durante generaciones: “Si usted decidió ser la esposa de fulano, le toca aguantarse”. Aguantar las infidelidades, los gritos y el maltrato. Como si la vida de las mujeres hubiera sido diseñada únicamente para resistir el dolor.
Pero algo dentro de María de Jesús se resistía.
Cuando llegó al barrio El Amparo y logró construir una vivienda junto a su familia, conoció a la Corporación Centro de Promoción y Cultura (CPC). Asistía a los núcleos de mujeres porque necesitaba un lugar donde conversar y ser escuchada.
No puede haber paz
en un país que sigue
exigiéndoles a las mujeres
que aguanten el maltrato
en silencio.
Allí descubrió algo que la violencia le había ocultado durante años: sabía liderar. Podía convocar personas y estar al frente de un grupo. Recordó entonces a su padre, un reconocido líder de la vereda donde creció en Boyacá. Aquellas capacidades nunca habían desaparecido; simplemente habían permanecido enterradas bajo años de silencios y miedo.
Poco a poco asumió pequeñas responsabilidades dentro de la organización. Su compañero empezó a darse cuenta de que estaba cambiando y que ya no sería tan fácil mantenerla sometida.
Salir de la violencia no ocurrió de un día para otro. Hubo intentos fallidos. Se fue y regresó por las dificultades económicas al tener hijos pequeños. Pero las transformaciones ya habían comenzado. Con los primeros talleres sobre derechos, y el apoyo de su hija mayor, tomó la decisión definitiva de separarse.
Empezó entonces otro aprendizaje: el de los derechos, la participación y la política. Hizo diplomados en universidades, estudió derechos humanos y paz, y se preparó para acompañar a otras mujeres que, como ella, llegaban a Bogotá cargando historias de violencia y desarraigo.

Entre cuidados y confianza, las mujeres tejen paz hoy.
Con el tiempo se convirtió en lideresa. Ha sido consejera consultiva por el Derecho a una Vida Libre de Violencia Sociopolítica; participó en escenarios locales y distritales, y continúa siendo una lideresa activa en la localidad de Kennedy.
Pero el cargo nunca fue lo más importante. Lo esencial fue comprender que ser mujer no era únicamente cocinar, lavar y atender a otros. Ser mujer era estudiar, decidir, participar y vivir con dignidad.
Por eso insiste en que las organizaciones sociales abren caminos para que las mujeres se reconozcan, se acompañen y encuentren nuevas posibilidades para sus vidas. Son el lugar donde las mujeres descubren que no están solas, que otras también han sido maltratadas y que es posible construir formas de vida diferentes.
Fue allí donde María de Jesús entendió que la paz no era una palabra reservada para los acuerdos nacionales. La paz también era cotidiana: vivir libre de violencias, recuperar la palabra y encontrarse con otras mujeres para pensar colectivamente cómo habitar el barrio, la ciudad y el país.
El liderazgo femenino en estos territorios no grita, convoca; no impone, acompaña. Se basa en la empatía, en la confianza, en ese saber mirar al otro con honestidad. Alicia era buscada no solo por sus saberes médicos, sino porque sabía escuchar y buscar soluciones. Y ese legado sigue vivo. Muchas lideresas actuales trabajan incansablemente por mejorar la educación: gestionan profesores, dialogan con rectores, reclaman mejoras en infraestructura. Saben que la escuela es la semilla del cambio.
Las organizaciones sociales
de mujeres son el lugar donde
estas descubren que no están
solas y que es posible construir
otras formas de vida.
En el CPC, la defensa de los derechos de las mujeres y la construcción de paz son inseparables. Cada conversación en confianza, cada espacio de formación y cada ejercicio de participación son una apuesta por desarmar las violencias que se aprenden en las casas y en la sociedad.
Quizás por eso María de Jesús habla de la organización con la certeza de quien ha visto lo que ocurre cuando las personas encuentran un lugar donde son escuchadas y acompañadas. En esos espacios muchas mujeres dejan de enfrentar solas la violencia, construyen vínculos con otras y poco a poco recuperan la confianza para participar, organizarse y tomar decisiones sobre sus propias vidas.
La mujer que alguna vez salió a escondidas de su casa para encontrarse con otras mujeres terminó dedicando su vida a abrir esa misma puerta para muchas más. Ella sabe, por experiencia propia, que la paz también tiene rostro de mujer y que, muchas veces, comienza en una pequeña reunión comunitaria donde alguien, por primera vez, se siente libre, descubre que no está sola y entiende que su vida también puede transformar la de otras. Ese es, quizá, el poder más profundo de las organizaciones sociales: hacer posible que las personas vuelvan a encontrarse, a creer en la vida colectiva y a construir paz desde el territorio.



